Mi experiencia con la lactancia

Como os comentaba en el post anterior,  estoy colaborando con la Red de Apoyo a Familias No Lactantes. Mi motivación para participar viene de mi propia experiencia de lactancia con mi hija Sofía, de la que he hablado alguna vez de refilón. Teniendo en cuenta que en la Red pedimos a las mamás que quieran que compartan su experiencia, parece lógico que contemos las nuestras, así que allá vamos :-)

Siempre he querido ser madre, ya lo he dicho muchas veces. Pero nunca me ha atraído dar el pecho.  La idea de tener un bebé succionándome la mama para nada me despertaba amor, ternura, apego… Nunca fue así. Si a eso le sumamos que estaba convencida de que la medicación que tomo no era compatible con la lactancia, pues yo asumía que iba a ser una mamá de biberón.

Pero entonces me quedé embarazada. Y una de las cosas que hice fue empaparme de información. Vi claro que la lactancia materna tenía una serie de beneficios. Confirmé que la medicación no tenía por qué ser un problema. Parecía que debía, al menos, intentarlo. ¿Qué clase de madre era de lo contrario? (esto, evidentemente, no lo pienso ahora, pero lo pensé en su momento).

Me hice un curso de lactancia de 3 horas con una pediatra, me compré Purelán (que me puse desde la semana 36 en los pezones porque me dijeron que ayudaba a reforzar la elasticidad) me compré el sacaleches Swing de Medela, sujetador de lactancia, discos, etc. Vamos, que traté de estar lo más preparada posible.

Entonces, nació Sofía. El sábado 5 de Septiembre me desperté a las 7 de la mañana y no fui capaz de volver a dormir. Sobre las 17h empecé a notar contracciones y a pensar que podía estar de parto. A las 20h ingresé, y nació a las 5h35 de la madrugada del domingo 6 de Septiembre, tras estar yo casi 24 horas despierta.

Cuando nació, decidieron llevarla a la incubadora un ratito para que recuperase temperatura. Sinceramente, no me acuerdo exactamente cuánto tiempo estuvo allí, aunque sí que se me hizo largo. Soy consciente de que se desaconseja esta separación, de que el piel con piel es prioridad, pero en ese momento no quise cuestionar al equipo médico. Mandé a su papi a estar con ella y esperé.

No recuerdo los detalles exactos de lo que pasó después (es decir, las horas exactas, los tiempos exactos, etc.), pero el resumen de la situación los siguientes dos días sí es fácil. Sofía era un bebé muy dormilón, y que dormía muy muy profundo. Ni desvistiéndola, ni dándole pellizcos, ni de ninguna manera se despertaba. Si se conseguía despertarla, tampoco mamaba, o mamaba muy poquito rato y se volvía a dormir. El momento de ponerla en el pecho era tenso, con muchas lágrimas, cada enfermera te decía una cosa distinta… Vamos, que aquello no fluía. Hubo que darle bibe de refuerzo, algo que tampoco nos importó mucho.

Así que nos fuimos a casa con una lactancia mixta.  A los pocos días de estar en casa incluso contraté una matrona para que viniese, nos observase y nos ayudara. Pasamos a un modelo en el que en cada toma, yo la ponía al pecho, con toda la paciencia que podía, y cuando ya parecía desesperarse y no paraba de llorar, le ofrecía el biberón. Cada toma era, por tanto, mixta. Cada toma era, por tanto, eterna. No bajaban de 45 minutos, ni de día de noche. 

A Sofía no parecía gustarle particularmente estar al pecho, al cabo de muy poquito empezaba a desesperarse porque aquello no salía con el ritmo y cantidad que ella quería. Yo observaba claramente un desajuste entre lo que ella necesitaba y lo que mi pecho le daba. El 80% de las veces, yo estaba incómoda, a disgusto. Darle el pecho no era para nada un momento de felicidad, de vínculo, de apego. Alguna vez sí se enganchaba bien, no se dormía al pecho y estaba tranquila, y aquello era estupendo. Pero eso pasaba muy poquitas veces, no me compensaba.

Aún así, no quería tirar la toalla. Así que me propuse aumentar mi producción de leche con el sacaleches. Este aparato es lo más parecido a sentirse una vaca a la que están ordeñando que yo he vivido.  No eres una mujer, eres una vaca lechera a la que le están estrujando los pezones. Así que el poco tiempo que tenía para descansar, pues tenía que dedicarlo a sacarme la leche. Además, salía bastante poca. Vamos, que no tenía una motivación de decir “pues esto es desagradable pero mira, aquí tengo para alimentar a la niña todo el día”.

Tengo en la memoria un día en el que estaba especialmente cansada, serían como las 20h30, ya estaba mi marido en casa y me dijo que me fuese a la habitación a descansar, a dormir. Pero tenía que usar primero el sacaleches. Para cuando hubiese terminado con el sacaleches, me quedaría como una hora y poco antes de tener que atender a Sofía otra vez (la seguía poniendo al pecho) y en algún momento tendría que cenar algo también.  Vamos, que no me apetecía nada.

La cosa se me fue yendo de las manos, porque mi “plan” de usar el sacaleches varias veces al día y siempre a la misma hora, no era posible estando de 9h a 18h aproximadamente sola con el bebé. Recuerdo desear que Sofía se durmiese y ponerme impaciente porque tenía que darme tiempo a usar el sacaleches. Total, que había días que lo usaba 3 veces, días que uno… Tenía el pecho que el pobre no sabía a qué atenerse, me dolía… En algún momento, cuando Sofía tenía mes y medio,  me di cuenta de que aquello no tenía ningún sentido y de que me estaba amargando el postparto. 

Todavía recuerdo mis lágrimas cuando cogí el último bote de leche materna que tenía en la nevera. Recuerdo pensar que ese era el último biberón de leche materna que tomaría Sofía, y la enorme culpa que sentí. También recuerdo que no fueron muchos días los que me duró la culpa, porque me sentí liberada, me encontraba mejor, estaba más contenta.

Quizá todo podría haber sido distinto, no lo sé. Quizás lo podría haber hecho mejor, quizás tendría que haber aguantado más. Pero la realidad es que no disfrutaba dando el pecho, me resultaba desagradable. Era muchísimo más feliz, estaba mucho más tranquila y construyendo mucho más amor con mi hija cuando eliminaba lo que para mí era un elemento de tensión y dolor y usábamos el biberón.

Así que en mi caso, la lactancia materna no fue lo mejor para nosotras. Nos fue mejor cuando la dejamos del todo. Afortunadamente ya no me siento culpable por ello.  Y si me vuelve a pasar con Adrián, espero que las hormonas no me jueguen una mala pasada y que, decida lo que decida, lo haga en paz. 

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